Galvarino Apablaza Guerra, "Salvador"


Galvarino Sergio Apablaza Guerra nació en Santiago, el 9 de noviembre de 1950, en un modesto hogar de clase media baja. Hijo de Galvarino Apablaza Orrego, un suboficial de ejército que murió en 1985, y de Luisa Guerra Urrutia, era el antepenúltimo de seis hermanos, los que vivían exclusivamente de los ingresos del padre.

Pese a ello, todos llegaron a completar los estudios secundarios. Los mayores se vieron obligados a trabajar en los últimos años de su enseñanza, como una forma de contribuir a las necesidades del hogar. Esta ayuda le brindo a Galvarino Apablaza la oportunidad de ingresar a la universidad, y por ser el primero y el único de los hijos con la posibilidad de continuar estudios superiores, se constituyo en una suerte de "orgullo" familiar.

Según testimonios del propio Apablaza sobre esta época de su vida, fue allí donde se definió su conciencia política; “Desde la secundaria me identifiqué con las luchas estudiantiles. Mi ingreso a la universidad, en el año 1968, fue el inicio de un nuevo compromiso. Rápidamente, definí mis inclinaciones y a poco andar ingrese en las Juventudes Comunistas. Al cabo del primer año, fui electo para participar en el centro de alumnos de mi carrera, Pedagogía en Química. Como delegado de mi curso, en años posteriores llegue a ser varios años consecutivos el presidente de ese centro de alumnos y representante de la facultad ante la Federación de Estudiantes de Chile”.

“Con el triunfo de la Unidad Popular en septiembre de 1970, miles de estudiantes comenzamos a participar de diarias jornadas de trabajo voluntario. Fue así como en los meses de verano del año 71 construímos un embalse en Petorca, y en al año 73, un canal de regadío en la zona de Rengo. Mi familia se declaraba allendista, aunque sin militancia política. Participaba en las actividades vecinales y nos sumábamos a toda actividad social, hacia los sectores más necesitados.

Nuestra intensa vida -en todos los planos- se vio abruptamente truncada la mañana del 11 de septiembre de 1973. La fuerza de las armas ponía fin a nuestras voluntades y sueños y con ello se iniciaba la mayor persecución que nuestra historia conoce y para mí, un calvario que hasta el día de hoy se mantiene. Desde ese día nefasto, mi familia dejó de ser la misma. Se nos fue la alegría de vivir y nos separaron de nuestros principales afectos. Se impuso el terror. La casa de mis padres era permanentemente allanada y vigilada. Mis hermanos fueron despedidos de sus trabajos. Incluso una hermana que, con la muerte de mi padre había asumido como el principal sustento de la familia, en los primeros años de la transición a la democracia, al conocerse el vínculo familiar conmigo, fue interrogada y despedida sólo por esa razón.

Hacia fines del año 73, se reabrió la universidad, después de estar cerrada por los sucesos del 11 de septiembre. Hasta el golpe yo era alumno regular del último año de la carrera de Química. En ese momento se me informo que no tenia derecho a matrícula, pues seria interrogado por un fiscal establecido en la universidad bajo los siguientes cargos: Hacer proselitismo político, ser sectario, y participar de actos atentatorios en contra de la convivencia universitaria”.

“Comencé a preparar mi defensa de estas acusaciones tan extrañas. Lo único que me quedaba era recurrir a los propios estudiantes. Empecé a recolectar firmas que desmintieran dichas acusaciones. Sólo en un par de jornadas -y a pesar del temor existente- cerca del 80% de los estudiantes firmaron”.

“En este contexto y en esas actividades es que el martes 14 de mayo de 1974 a las 08:00 am, en presencia de numerosos estudiantes, fui detenido dentro del recinto universitario, de manera violenta por agentes del estado pertenecientes a la DINA. De inmediato fui esposado y conducido a un vehículo. Durante el trayecto grité a los estudiantes que avisaran a mi casa de la detención, lo que significó una cacería interna por evitar dicha comunicación”.

“Al igual que muchos chilenos, durante un año se me trasladó por diversos lugares de detención y tortura, cárceles y campos de prisioneros. En ese momento logré determinar con exactitud que me encontraba cautivo en la llamada “casa del terror, de las sillas, de la música o las campanas”, también conocida como Londres 38. En este centro, desde el primer día, fui objeto de extensos interrogatorios que comenzaban con fuertes golpes de puño y otros objetos. Continuaban con el submarino seco y culminaban con parrilla. Es decir, golpes de corriente en distintas partes del cuerpo, en especial en los genitales. Durante dos semanas estuve en esas condiciones y en calidad de detenido-desaparecido. Luego, fui trasladado al Estadio Chile, bajo el mando del coronel Conrado Benítez. Desde este centro fui trasladado a la Cárcel Pública de Santiago, donde me iniciaron un proceso en la Fiscalía Militar de Santiago a cargo del fiscal Joaquín Erlbaurn. Fui sobreseído y quedé detenido por ley de Seguridad Interior del Estado. Me trasladaron a la ex Penitenciaría de Santiago, donde se habilitaron un par de galerías para los presos políticos”.

“Luego de un tiempo fui trasladado a Tres Álamos. Desde ese lugar, pasado un tiempo que me cuesta precisar, fui trasladado al campo de prisioneros de Melinka, en Puchuncaví. Este campo de concentración de detenidos respondía exactamente a la estructura de los campos nazis: doble alambrado, casetas de vigilancia en altura, y sirenas. Estando allí recibí la visita del Comité Pro Paz, entre cuyos integrantes iba un querido compañero, José Manuel Parada”.

“Un día llegó personal de inteligencia a hacer una encuesta y que los prisioneros firmaran un documento, en el que quedaba expresamente determinado que “desea salir de manera voluntaria del país”. Por convicción y también por orientación partidista, me negué a firmar dicho documento, actitud que fue asumida por muchos detenidos. Luego de ello me trasladaron a Cuatro Álamos, en San Miguel. Allí quede en el sector de libre plática, lugar en que nos volvieron a fichar y nos prepararon un pasaporte marcado con la letra “L”, que tenia validez solo para salir de Chile, es decir me expulsaban del país. Con ello comenzó mi exilio. Poco antes de salir y para tener la posibilidad de apelar por reunificación familiar posterior, decidimos con mi ex esposa y madre de mis dos hijas mayores - hoy fallecida- contraer matrimonio. Un oficial civil llegó allí y realizó la ceremonia en medio de una fuerte custodia armada”.

“El 5 de septiembre de 1974, entre las 18 y 19 horas nos suben a un autobús y nos conducen al aeropuerto con una bolsa de mano como equipaje. Directamente desde el bus subimos al avión y de ahí rumbo a Panamá. El gobierno del general Omar Torrijos había aceptado recibir a este contingente de 125 chilenos. Fuimos ubicados en el Hotel Central, se nos asignó una modesta ayuda económica y la alimentación esencial, mientras se resolvían situaciones de estudio o laborales. A pesar de los esfuerzos de las organizaciones locales de defensa y la ayuda mutua entre los exiliados, las posibilidades de trabajo, de atención médica y de reunificación familiar eran precarias. Ante la falta de perspectivas y por razones de salud, como una forma de curar las heridas de las torturas y el encierro, apele a la solidaridad cubana y en diciembre de 1974 viajé con destino a la isla. Allí me integre a las labores del PC junto a muchos otros compañeros que estaban en la misma situación mía”.

Luego de un tiempo en la isla, Apablaza no resistió la oferta de su partido cuando este le propuso enrolarse en “un nuevo ejército para liberar a Chile del fascismo”. En ese contexto despuntó como el líder natural del joven destacamento militar del PC desde los inicios del proyecto en 1975.

Egresado de la prestigiosa Escuela Militar Camilo Cienfuegos, alcanzó el grado de comandante, el más alto en el aparato militar del PC, en la especialidad de artillería. Desde ese momento pasaría a ser conocido como el “comandante Salvador”.

El estreno en sociedad de “Salvador” como militar-dirigente fue tan avasallador como su liderazgo. En agosto de 1977, durante el pleno del PC chileno celebrado en Moscú, intervino sorpresivamente ante la comisión política vestido con el uniforme verde olivo. Antes, pidió con tono marcial y acento caribeño permiso para hablar.

Su ascenso al comité central del PC, en 1978, fue una señal de que el partido jugaba todas sus cartas en su figura para sacar adelante su proyecto armado. Sin embargo, la colectividad nunca se preocupó de conocer realmente su pensamiento.

Oficiales chilenos que compartieron con él en Cuba lo recuerdan como un tipo de excelentes condiciones físicas y buen futbolista. “No era especialmente brillante, pero tenía don de mando y carisma”, asegura uno. Por su simpatía, los instructores cubanos lo bautizaron el “Compay”, diminutivo en la isla de “compadre”.

Su prueba de fuego como “comandante” llegaría en 1979, cuando decidió viajar a Nicaragua para combatir junto a los sandinistas y más de 70 miembros del PC que conformaban el denominado “Batallón Chile”. Luego de la victoria, el “comandante Salvador”, fue uno de los primeros en entrar al bunker del derrocado dictador Anastazio Somoza, luego de haber llegado a Managua al amanecer del 20 de julio al mando de este grupo.

A ojos de la dirección del PC, Apablaza era un cuadro formado bajo la mirada chilena: había estado en Santiago durante el golpe y bajo la represión política. Por ello, y por su carisma, él debía ser el líder y nexo con la cúpula comunista chilena, lo que aseguraría que el proyecto se mantendría bajo control.

Pese a ello, en público era muy apegado a la línea del partido, pero en privado criticaba a los viejos dirigentes. “Se refería a ellos como ‘los viejos caducos’ reseña un testigo, al exponer los detalles del debate que en 1982 Apablaza impulsó entre los miembros del destacamento. “Qué somos” era el título de la discusión. Como el fondo del asunto apuntaba a la inviabilidad de seguir dependiendo del PC, fue uno de los primeros síntomas de que la colectividad no tenía control sobre sus oficiales.

A diferencia de la cúpula, Apablaza era un militar, un hombre de acción más que de palabras. Pero otros frentistas lo retratan también como un líder capaz de maniobrar perfectamente en las refriegas políticas de esos días. “Tenía muñeca”, señala uno. Además, contaba con un círculo de incondicionales: Raúl Pellegrín Friedmann, “José Miguel” y Juan Gutiérrez Fischmann, el “Chele”. El “Chele” fue uno de los últimos en plegarse al grupo y tenia inmejorables vínculos con la dirigencia cubana, ya que su suegro era el mismísimo Raúl Castro. Gracias a él, Apablaza contó por fin con un puente directo con Fidel Castro, lo que le permitió saltarse definitivamente al PC.

Una anécdota que refleja su carácter cuenta que a principios de 1984, en un exclusivo local nocturno de La Habana, el y otro líder del FPMR charlaban sobre los desafíos de la organización, que ya había iniciado sus acciones armadas en Chile. Los acompañaba un tercer frentista, más inexperto, quien a cada instante les pedía permiso para viajar a Santiago, donde quería ayudar a “combatir a la dictadura”. Fue tanta su insistencia, que Apablaza cortó sus peticiones en seco: “¿Sabís qué más? Vos nunca vai a entrar a Chile. Eres tan huevón que ni dos meses duraríai clandestino”.

Fue gracias a su lealtad a “Salvador” que Raúl Pellegrín asumió como jefe máximo del FPMR cuando sus primeros mandos ingresaron a Chile, en 1983. Más que jefe máximo, “José Miguel” era un delegado de Apablaza, quien permaneció en Cuba. “Salvador” conocía demasiado los vínculos entre La Habana y el FPMR como para que los cubanos se arriesgaran a que fuera detenido.

Solo gracias a su preparación política y a su formación militar, Apablaza pudo ingresar clandestinamente a Chile a comienzos de 1986, cuando se integró al Trabajo Militar de Masas (TMM) del PC, pero después de conocida la internación de armas en Carrizal Bajo y fracasado el atentado a Pinochet, debió regresar rápidamente a Cuba.

En ambas operaciones, por lo demás, no participó en la línea operativa. Protegido por el régimen cubano y primero en la línea jerárquica de los oficiales chilenos de las FAR, "Salvador" nunca estuvo en misiones arriesgadas.

Sólo volvió a ingresar a Chile tras la muerte de “José Miguel”, en octubre de 1988. Entonces, asumió plenamente la jefatura del FPMR-Autónomo, la facción más radical del frentismo, que un año antes se había separado del PC. Para conducir al FPMR-A, “Salvador” articuló una dirección junto al “Chele” y Mauricio Hernández Norambuena, “Ramiro”.

Según consta en las investigaciones judiciales posteriores, fue al interior de este trío –aunque con la reticencia de Apablaza- donde surgieron las órdenes para asesinar al senador Jaime Guzmán y secuestrar a Cristián Edwards.

Luego de estos hechos, Apablaza nuevamente debió abandonar el país. Casi una década antes, Fidel Castro le había advertido a Gladys Marín que su gobierno “jamás” abandonaría a los frentistas escindidos del PC. En lo que respecta a Apablaza, y el “Chele”, todo indica que Fidel cumplió su palabra, dándoles asilo durante largos periodos en La Habana.

Tras estos periplos entre Chile y la isla caribeña, en 1994 el “comandante Salvador” decidió trasladarse definitivamente a Sudamérica, para establecerse -con la venia del propio Fidel Castro- en Argentina.

Pero las discrepancias entre “Salvador” y el resto de los comandantes que abogaban por una línea mas militarista, terminaron por quebrar a la cúpula del FPMR, haciendo que Apablaza, en abierto desacuerdo con la línea impuesta por “Ramiro” y el “Chele”, decidiera abandonar la organización a fines del 2000. Su última aparición pública cómo numero uno del Frente había sido a través de un mensaje enviado a los funerales de Sola Sierra, el 3 de julio de 1999.

En el 2001, Apablaza ratifico públicamente su alejamiento del FPMR en una carta dirigida a la militancia, donde criticó con fuerza que se haya impuesto en la organización “una mentalidad operativa que busca vencer y no convencer”, donde “la eficacia política se ve asociada al carácter operativo de la acción y no a su pensamiento”.

En noviembre del 2002, desde la clandestinidad, “Salvador” concedió otra polémica entrevista al diario La Nación, donde justificó sus dichos; “Creo que en la prensa son recurrentes con algunos temas y algunas historias. Cada vez que pasa algo, de una u otra forma me meten a mí. Lo primero que puedo decir es que el Frente como tal, como estructura orgánica, ya no existe. Yo creo que eso del FPMR como tal ya está superado. Creo que el nombre, el símbolo, es algo representativo del ayer y es una traba para poder construir algo diferente. ¿Qué existe? Existen distintas expresiones del rodriguismo. Un sector trata de dar continuidad a lo que dio vida al Frente y hacen operativos y otras cosas. El secuestro de Olivetto es obra de ese sector partidario de continuar los operativos. En lo personal discrepo absolutamente con esa accion. Es más, mi distanciamiento tiene que ver con eso. El Frente fue una organización para combatir al régimen militar y cumplió ahí su ciclo. Cuando pretendimos llevarlo más allá, vino la debacle, la crisis, y vinieron los rompimientos.

Pretender proyectar al Frente con acciones como la de Jaime Guzmán o Edwards fueron un error. Yo diría que asumimos eso por el año 1991, 1992, cuando comienza el proceso de discusión interna. Ahí queda de manifiesto la crítica de nuestros fracasos y de nuestros errores, de forma clara. El ajusticiamiento de Guzmán no mato al FPMR. Fue la política que el FPMR implementa al término de la dictadura. Ese es el suicidio. Es la Guerra Patriótica Nacional, es toda esa política. Yo me desligue del Frente porque se agotaron todas las posibilidades en la discusión. La carta que escribí es la culminación de un proceso de intercambio de opiniones que al final fue un diálogo de sordos. Era imposible producir determinados cambios. Se había jugado mucho la posibilidad de hacer los cambios desde adentro, y no tuvo resultado. Se desvirtuó todo intento por cambiar, modificar, avanzar, ampliar, todo eso se destruyó. Ahí perdi todo contacto con quienes asumieron la opcion militar”.

Después de esta entrevista, muchos rodriguistas no compartieron su autocrítica y su percepción política sintiéndose defraudados, e incluso “traicionados” por las posiciones del antiguo jefe máximo de la organización. Más aún, en esa época ya estaba detenido en Brasil el “comandante Ramiro” por el secuestro del empresario Olivetto, acción que algunos rodriguistas respaldaron o se explicaron, mientras “Salvador” la cuestionaba.

Luego de su salida de la cúpula del FPMR, se supo que Apablaza creo un grupo denominado Identidad Rodriguista, en el cual intento plasmar sus ideas políticas, junto a varios ex frentistas que lo acompañaron en este proyecto. Con este fin, según investigaciones posteriores, Apablaza habría ingresado clandestinamente al país, al menos en dos oportunidades.

Pese a ello no se volvieron a tener noticias concretas de el hasta el 29 de noviembre del 2004, cuando en un operativo especial de la policía argentina, el “comandante Salvador” fue detenido, en la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires, donde residía desde hacia varios años junto a su pareja, la periodista chilena Paula Chain, y sus tres hijos de nacionalidad argentina.

Apablaza, que utilizaba el nombre supuesto de Héctor Daniel Mondaca, salía de una de sus fincas cuando fue interceptado por una veintena de policías de un comando de operaciones especiales. Apablaza trato de eludir el cerco policial conduciendo su camioneta, pero fue inmediatamente reducido, sin oponer mayor resistencia.

En una entrevista que concedió desde la cárcel, solo 4 días después de ser detenido, Apablaza expresó: “Antes de ahora yo siempre me movía solo, desarmado. Tenía una vida relativamente normal. Naturalmente, evitaba andar exponiéndome innecesariamente, por ejemplo, en lugares que siempre son controlados, pero siempre estuvo en mi mente que me pudieran detener. Eso siempre a uno se le pasa por la mente, incluso yo tenía indicios, por lo que hace tiempo venía tratando de saber cuál era mi situación legal. Habían algunos abogados en Chile que tenían esa petición mía. Sobre mi captura, no sé cómo se han presentado las cosas en Chile. Pero obviamente la policía tenía que justificar la dimensión del operativo. De ahí deberán decir, cómo detienen a un hombre desarmado en una calle, con francotiradores, con fusiles de última generación, miras infrarrojas, entonces... Tiene que ser un sujeto peligroso. Incluso en ese mismo momento conversando con los tipos ahí, les dije, pero cómo tanto escándalo, si me detiene un control seguramente me paran igual”

Su esposa, la periodista Paula Chain Ananias, comenzó de inmediato una campaña para conseguir la libertad de su compañero; “lo conocí para hacerle una entrevista hace como 13 años. Nos hicimos amigos. Luego, en 1994 presenté los papeles para radicarme en este país junto a él. Siempre lo he conocido como Salvador. Vivimos en Moreno hace casi siete años. Yo trabajaba y él hacia algunos trabajos en computación, pero no con muchas perspectivas laborales, porque no tenia papeles muy sólidos. Hace unas páginas web espectaculares. Sabe mucho de eso. Respecto de los viajes de Salvador a Chile, no sé qué fechas tiene el gobierno, pero fíjate si coinciden los meses. Además Salvador ha estado viviendo en Chile. No se cuanto, pero sólo puedo decir que lo he echado mucho de menos”.

José Apablaza, uno de los hermanos de “Salvador”, viajó hasta Buenos Aires junto a uno de sus hijos, para verlo; “Estamos preocupados por todo lo que conlleva esto de la detención, el tiempo que estará en esas condiciones. Me preocupa el asunto de que se ha dado una suerte de condena hacia el, por lo de Guzmán y lo de Edwards antes de que vuelva a Chile”. José Apablaza dijo que no había visto a su hermano desde 1975 y que a él no le consta que haya ingresado al país. “No sería justo, porque siempre primero se interroga a las personas acusadas de algo y luego se ve si han tenido o no participación en los hechos que se les imputan”.

“Salvador” permaneció recluido durante siete meses en la Cárcel de la Unidad de Investigaciones Antiterroristas de Buenos Aires, en espera que se resolviera su situación procesal. Esto se produjo el 5 de julio del 2005, cuando el juez del caso, Claudio Bonadio, decidió no conceder el pedido de extradición a Chile, argumentando que el país no estaban dadas las condiciones para un juicio justo al ex líder del FPMR. Por consecuencia, y durante la tarde de ese día, Apablaza fue dejado en libertad, con la sola prohibición de abandonar Argentina.

Al salir de la cárcel “Salvador”, sonriente y sosteniendo una bandera del FPMR, expreso a la prensa; "siento una gran alegría porque se ha hecho justicia. Lamentablemente tuve que venir muy lejos para que se hiciera justicia y fue un largo camino. Uno siempre se puede arrepentir de muchas cosas, pero no de la lucha..."

Sobre su nueva vida declaró; “Esto es como renacer. Ya me inscribí como ciudadano chileno con mi propia identidad en trámite consular. Siento que también mis hijos van a volver a nacer, porque su partida de nacimiento tiene que ser anulada y serán reinscritos como niños argentinos. También con Paula volveremos a casarnos. Desde el punto de vista de la realidad, tendremos que ir redefiniendo nuestras vida en términos laborales, familiares, políticos, y sociales”.

Hoy, mientras la escritora chilena Virginia Vidal escribe un libro sobre su vida, Galvarino Apablaza Guerra, el mítico “comandante Salvador” vive en Buenos Aires, junto a su familia.